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Perros palaciegos

Perros palaciegos

 

Los perros fueron empleados en Europa para desempeñar diversas actividades: tirar de carretas y trineos, cuidar del ganado o vigilar las casas. Pero estos perros nunca contaron con el cariño de sus amos, más bien recibieron lo peor del ser humano, se les castigaba duramente si no cumplían sus cometidos y en un momento dado se les sacrificaba cuando dejaban de ser útiles. A menudo surgían quejas por el excesivo número de recursos que consumían.

Por Albert M. DOMENECH, historiador

La primera en sacar los perros de parámetros desdeñosos y otorgarles una gran estima social y afecto de sus amos, fue la cultura caballeresca y aristocrática, en la que los perros se habían convertido en camaradas y ayudantes imprescindibles para el ejercicio de la caza de los hombres y en acompañantes fieles a las señoras.

Gastón Phébus, en su famoso “Libro de la Caza”, no dudará en referirse al perro como “el animal más noble, el más razonable y el más avisado de cuantos ha hecho Dios y, en algunos casos, no hago excepción del hombre ni de ninguna cosa”. La literatura cinegética de esta época se convirtió en un elemento propagandístico de cómo criar, entrenar, alimentar, y curar a estos adorables acompañantes del hombre puesto que la caza era un método educativo y de instrucción política y militar de príncipes y caballeros europeos. Durante los siglos XVI y XVII, la custodia de los perros adiestrados para la caza correspondió en la corte española a las dependencias de la Real Caza de Montería y de Volatería, ambas pertenecientes a la Casa Real de Castilla.

Los dos departamentos se regían tradicionalmente por las instrucciones que entregaban con el título de nombramiento a sus respectivos jefes, el montero mayor y el cazador mayor, y en ellas se daban instrucciones muy concretas acerca de los cuidados que se debían dispensar a los animales. La atención de los canes era responsabilidad de los monteros y mozos de traílla, quienes debían mantener uno o más perros en sus casas a cambio de un estipendio y acudir con ellos a las cacerías reales.

En la Montería existía también un “criador de sabuesos” para que nunca faltasen animales pero, en caso de que fuera necesario comprar más, el montero mayor debía estar al tanto de que se escogiesen los mejores ejemplares. La procedencia de los perros podía ser muy variada. Las numerosas cortes europeas intercambiaban a menudo ejemplares de sus mejores jaurías. La nobleza sabía también que un buen perro de caza constituía siempre un obsequio apreciado por el soberano, incluso en algunas ocasiones mejor que un cuadro.

Las razas extranjeras siempre llamaban más la atención, Fernando VI, por ejemplo, encargaba a menudo a su embajador en Londres que le comprara galgos ingleses e irlandeses. Respecto a las razas españolas, conocemos cuáles eran las más apreciadas gracias a un envío de perros que Carlos III tuvo que hacerle al rey de Marruecos cuando el embajador Jorge Juan partió hacia Marrakech a comienzos de 1767. Unos meses antes se ordenó que se buscaran media docena de los mejores ejemplares, lo que hace que nos podamos hacer una idea.

En La Mancha, se compraron galgos corredores; en Extremadura, podencos y sabuesos; en Navarra, sus famosísimos perdigueros; y, por último, en Madrid perros de presa entrenados. Entre los monarcas españoles que mostraron mucha simpatía por estos fabulosos animales de compañía encontramos a Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V y a Carlos III, mencionado anteriormente. Nuestra primera protagonista se vio obligada a recluirse en La Granja de San Ildefonso, en julio de 1747, y se llevó con ella diez perros “dogos y daneses” que tuvieron que ser sacrificados en marzo de 1750 por padecer el mal de la rabia.

Cruzando los perros que pertenecían a su hijo, el infante don Luis, y otros que recibió como regalo del virrey de Navarra, la reina viuda consiguió rehacer su jauría a partir de las perras Perla y Nieta, descendientes de Azucena, una vieja perdiguera que la acompañaba en su cámara desde hacia años y que probablemente sea la representada en el cuadro de Sani. Isabel cuando nacían nuevos cachorros hacia que se los subieran a su cuarto en una cesta para verlos y jugar con ellos en aquellas eternas y solitarias jornadas que pasó durante doce años de obligado retiro.
Carlos III, cambió totalmente la visibilidad y el estatus de los perros de caza en la corte española otorgándoles mayor presencia en palacio. En esta pequeña revolución, tuvo que ver quizá tanto la inclinación que el monarca sentía por la compañía de estos animales, como la forma en que se acostumbró a organizar su casa y su servicio en los primeros años que estuvo en Italia.

Acostumbrado a la proximidad con sus perros y a vigilar de cerca sus cuidados, el nuevo monarca a su llegada a España no quiso dejar en manos de desconocidos sus animales favoritos que había traído expresamente de Nápoles. Y, en lugar de entregarlos a la Real Montería, decidió que se quedaran bajo la tutela de los mismos barrenderos de cámara que se habían hecho cargo de ellos en la corte napolitana. Los perros de la cámara de Carlos III fueron objeto de constante tráfico de regalos entre el monarca, su familia y los miembros de la corte. Como podemos ver esta especie animal ha tenido un papel diferente en cada periodo histórico y también una evolución histórica pasando de las calles y de ser utilizado como animal de carga a terminar como fiel mascota en las cortes de los diferentes reyes que hubo en España y también en Europa.

 

S. XVIII: Por fin, el cariño de sus amos

Los primeros en sacar los perros de parámetros desdeñosos y otorgarles una gran estima social y afecto de sus amos fue la cultura caballeresca y aristocrática. Así, en esta época ya es más normal ver a los residentes de palacio con sus perros.
- Fernando VI sentía predilección por los perros extranjeros, especialmente los galgos ingleses o irlandeses.
- Carlos III buscó perros por la geografía española en busca de buenos ejemplares para enviarlos a Marruecos. Sus predilectos: galgos corredores (Extremadura); podencos y sabuesos (Navarra), perros de presa (Madrid).
- Isabel de Farnesio se recluyó en La Granja con diez dogos y daneses y siempre tenía junto a ella a Azucena, una perdiguera.
- Infante don Luis: le acompañaban en la corte Perla y Nieta, dos perdigueras descendientes de Azucena, la perra de su madre.

Las razas extranjeras siempre llamaban más la atención. Fernando VI, por ejemplo, encargaba a menudo a su embajador en Londres que le comprara galgos ingleses e irlandeses. Isabel de Farnesio cuando nacían nuevos cachorros hacia que se los subieran a su cuarto en una cesta para verlos y jugar con ellos en aquellas eternas y solitarias jornadas que pasó durante doce años de obligado retiro. 

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