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Un buen espejo para modificar la conducta

menoresOurense

 

En dos centros de menores de Ourense los internos trabajan con seis perros de una protectora con el objetivo de superar los problemas que les llevaron a esta institución. Su terapia es reeducar a los animales para que éstos consigan ser adoptados. Los chicos descubren así que ellos también pueden modificar su conducta, lo que les ayuda a la reinserción social y a mejorar sus relaciones con los demás. Todos salen ganando. Las responsables de este proyecto son la investigadora Bárbara Paredes y la educadora-adiestradora Lorena Terrón.

Por Miguel PELE

Bárbara Paredes hizo una tesis doctoral sobre cómo los perros pueden ayudar a reisentarse a los internos de centros de menores. El trabajo de campo fue en los centros de Monteledo y Montefiz en Ourense, donde hay menores en régimen cerrado, semiabierto o abierto para el cumplimiento de medidas judiciales.

El proyecto se hizo desde una doble visión; una parte humana y otra canina. Para elegir los animales, la investigadora escogió el refugio, “que tiene bastante parecido con un centro de internamiento de menores. Si quieren realmente desarrollar empatía, tolerancia, responsabilidad… qué mejor forma de hacerlo que desde un punto de vista similar”, matiza Paredes. “El objetivo es que la concienciación sobre el abandono, sobre todo de podencos, tuviera esta función más social”. Esto junto a la constatación por parte de Paredes de que “se nos está yendo un poco de las manos el tema de los menores, está fallando el sistema judicial porque es poner la tele y cada vez la edad de delincuencia es menor, el objetivo fue buscar una salida alternativa al sistema judicial, sobre todo con menores”.

Por esta actividad pasaron de forma intermitente alrededor de 20 chicos. “Eran menores que estaban desmotivados y tan pronto entraron los perros en el centro todos deseaban participar. Los educadores decían que tras la terapia estos menores eran diferentes, no había tensión sino un ambiente de paz, relajado”.

El perfil general de chicos en centros de menores son internos que se desmotivan con casi todas las actividades. Ante cualquier propuesta responden que es muy difícil, que no van a poder hacerlo. “Trabajar para modificar la conducta del perro, donde a veces tenían que repetir 20 o 30 veces la misma actividad, era diferente. No se cansaban, repetían y repetían el ejercicio y le decían al perro: ‘Venga tú puedes’”, relata Bárbara.

La primera consecuencia de este trabajo es que ellos se veían reflejados en los perros y a veces hablaban por boca de la mascota, sobre todo cuando veían cerca su salida del proyecto. Los menores se interesaban por el tiempo que les quedaba a los canes en la protectora antes de ser adoptados y “decían que el perro debía estar nervioso por esa situación, evidenciando así su ansiedad y sus miedos”.

Las primeras sesiones eran en la protectora para trabajar en el lugar natural de los canes a la vez que para los chicos suponía poder salir del centro. Ante los problemas por los permisos de los menores para salir, se cambió la rutina y una sesión se realizaba en la protectora y en la siguiente se llevaban los perros al centro de menores, con salidas y paseos por el río.

Tras conseguir reeducar a los animales y que estos modificasen la conducta, los menores fueron los encargados de decidir sus posibles adoptantes. Hicieron las entrevistas para ver si los candidatos estaban preparados. Una vez los perros fueron adoptados, los chicos mantienen el contacto con las familias, se escriben cartas y tienen noticias de los canes.

“Esto también se les enfocó como un trabajo preguntándoles si se veían preparados para realizar uno similar, intentando despertar un interés laboral, algo relacionado con animales, con el medio ambiente… Y si el proyecto salió bien fue porque los perros nunca juzgaron a los menores”.

Este trabajo, financiado por la Fundación Barrié, que avaló el proyecto, junto con la Fundación Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago y la Fundación Pública Gallega de Medicina Xenómica, necesitaría continuidad.

“Quedaría mucho trabajo por hacer. Encontramos algunos peros aquí, la falta de constancia porque los menores son muy impredecibles. Entre los aspectos a mejorar en futuras acciones está la duración de la terapia, de 9 meses, que haya más facilidades para incorporar menores al programa, no ser tan rígidos en cuanto a la edad e incluir a los mayores de 18 años, ser más flexibles, tener dos sesiones a la semana y llevar a cabo diversas actividades de concienciación dentro del centro. Ah, y que aún quedan dos cachorros por adoptar”, matiza Bárbara Paredes.

 

Responsables de la educación de los canes

El trabajo se realizó con perros de la protectora de Allariz, donde se seleccionaron en función de los chicos, la mayoría podencos por ser una raza con muchos abandonos y que casi no se adopta.

Primero se llevaron perros de terapia al centro de menores. En la segunda fase, los internos trabajaron en grupo con los animales. Una sesión para que esas mascotas estuviesen con todos los usuarios y otra para que los chicos aportasen ideas y no tuviesen el sentido de posesión de una mascota.

Según Lorena Terrón relató a LADRIDOS “viendo la personalidad de cada usuario, se les asignó un perro. A partir de ese momento, eran ellos los responsables de la modificación de conducta con la finalidad de que encontrasen una familia de adopción, pues ni ellos ni sus familiares podían adoptarlo. Los chicos lo entendían como un trabajo en el que veían que podían cambiar su forma de vida igual que lograron modificar las conductas los perros y estos consiguieron una nueva oportunidad en otra familia. Aprendían a ayudar a otro ser vivo sin implicarse en la posesividad de una mascota”.

Su labor era estructurar, definir cada sesión y valorar a cada usuario. Servía un poco de guía, de explicarles cómo funciona un perro, su comunicación, cómo hay que tratarlo, el porqué, trabajando con refuerzo positivo… “Si un perro puede modificar sus conductas, puede mejorar y puede llegar a tener una familia y una vida óptima, pues nosotros también. Es un símil que ellos ven, pues son perros de protectora, que están encerrados, que tienen problemas de conducta, que nadie los quiere”. Fue un trabajo duro y a la vez muy gratificante con unos resultados que merecen la pena. 

http://meucan.es/

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